Psic. Diana Iglesias
Los diagnósticos se escriben con lápiz. Son una brújula, no un destino.
Soy quiteña de nacimiento, pero un día Cuenca me detuvo. Llegué a esta ciudad con la psicología como brújula y con una pregunta que no me abandonaba: ¿por qué las personas hacen lo que hacen, sienten lo que sienten, aprenden como aprenden?
Me formé en Psicología Clínica aquí, en Cuenca, con distinción de sobresaliente. Con los años esa pregunta se fue convirtiendo en vocación, y la vocación en certeza: puedo ser un instrumento para que otros se sientan mejor.
Aprendí a mirar diferencia donde el sistema ve dificultad
Mi camino me llevó pronto a las aulas y a los consultorios, a trabajar con niños con autismo, con dislexia, con discalculia, con todo aquello que a veces se llama «dificultad» y que yo aprendí a mirar como diferencia. Muchas de esas familias siguen confiándome hoy lo más preciado que tienen. Ese vínculo sostenido en el tiempo es, quizás, el reconocimiento que más valoro.
Siempre creí que en el aprendizaje está todo. Por eso profundicé en psicopedagogía y neuropsicología, formándome en Ecuador y en España, convencida de que los talentos se desarrollan y de que cuando alguien encuentra su pasión los obstáculos cambian de forma. Mis pequeños pacientes me enseñaron tanto como yo a ellos: el aprendizaje siempre es mutuo.
Cuando debajo del bloqueo hay una herida
La vida también me llevó al dolor. Al trauma. A entender que detrás de muchos bloqueos hay heridas que necesitan ser vistas antes que corregidas. Me especialicé en Trauma Complejo y Terapias de Tercera Generación en España, me certifiqué en EMDR y amplié mi mirada en evaluación del autismo formándome en Chile. Acompañar a una persona en su proceso más vulnerable es un privilegio que no tomo a la ligera.
Nico, Aria y la puerta que no esperaba
Fueron mi sobrino Nico y mi sobrina Aria quienes me abrieron otra puerta. Y con ellos mi hermano Pablo, que vivió esa experiencia desde adentro y fue también mi confidente y mi apoyo en ese camino. Vi en ellos una forma distinta de aprender, un corazón que siente profundo y una capacidad enorme. También vi los desafíos que nadie te cuenta cuando tienes una mente que va más rápido que el mundo que la rodea.
Quise entender. Aprendí. Seguí aprendiendo. Así llegué a las altas capacidades y a la doble excepcionalidad, y así fui encontrando a más niños así, y a sus familias, buscando a alguien que de verdad los entendiera.
Un día llegó a mi consulta la familia de uno de esos niños. Estaban construyendo algo grande: Anesis. Un espacio dedicado exactamente a todo lo que yo había aprendido, a todo lo que soy. Encajó como pocas cosas encajan en la vida.
Hoy soy Representante Técnica de Anesis, y lo que hacemos aquí es, en esencia, lo que siempre quise hacer: acompañar a mentes que piensan distinto con rigor, con calidez y con la convicción de que cada persona tiene un potencial que merece ser visto. Cada caso pasa por el ateneo clínico, donde el equipo completo lo revisa en conjunto.
Lo importante empieza después del diagnóstico
Lo que más me importa es lo que pasa después. El niño que empieza a entenderse a sí mismo. El adolescente que llegó sintiéndose «raro» toda su vida y descubre que simplemente tiene otra forma de estar en el mundo. La familia que deja de buscar respuestas en el lugar equivocado y encuentra un camino.
El trabajo tampoco termina en la infancia. Acompaño también a adultos que llegan cargando años de preguntas sin respuesta, de sensaciones que no saben cómo nombrar, de heridas que el tiempo no cerró solo. Y a los adultos que sostienen el hogar, porque cuando el entorno familiar se comprende y se fortalece, todo lo que pasa adentro cambia.
Con un niño, un adolescente o un adulto, busco lo mismo: que quien entra por esa puerta salga sintiéndose más entero, más comprendido, más capaz de vivir desde lo que realmente es.
Ese mismo compromiso con seguir aprendiendo me llevó también a enseñar: desde 2024 soy tutora en programas de maestría en España.
Cada persona que llega sigue siendo mi motor.
Cómo acompaña
Miro la diferencia donde el sistema a veces ve solo dificultad.
Antes de proponer una intervención, busco entender qué sostiene el cuadro: la historia, el contexto y la forma de aprender de cada persona.
Cuando debajo del bloqueo hay una herida, la trabajo con EMDR y terapias de tercera generación.
Acompaño el proceso completo: al niño o al adolescente, y también a los adultos que sostienen el hogar.
Cada caso se revisa en ateneo con el equipo, para que salga un solo plan y no tres informes sueltos.